martes, 19 de abril de 2016

ESTAR A PRUEBA (NOVELA)





Las manos me tiemblan sobre la máquina de escribir y el sudor frío recorre lentamente el gesto inaudito de mi cara. Me vuelven esas imágenes terribles que él relató para que yo pudiera contarlas. Me habló pausado, recostado en su sillón verde. Viejo sillón verde, me dijo, mirándome echado para atrás con los ojos turbios, posicionado en el ángulo justo para ver los míos. Plegado al pasado, volvió a mirarme. Seguramente yo le hacía acordar a su hijo Juan, tendría mi edad.


Lo vi una o dos veces más. Charlamos durante horas. Siempre había ruidos en la cocina. Ruidos de mujer. Mujer que nunca me presentó. Sólo me dijo su nombre: Dana.


Miro la hoja y casi no lo creo. Garabateo sentimientos, miedo, Repaso la historia. Me cuesta apretar la primera tecla. Así empezaba su relato " Hoy me han hecho llorar la única carta que me mandó mi madre y las fotos de mi infancia. Me preocupa haberme ablandado y verme como un tibio, apurado por primera vez en contar mi historia".


Rafael. Esa vida. Qué vida. Una. Demasiado. Puso los dedos en L sobre su frente arrugada de 54 años, miró mi grabadora, y sin sentirse intimidado intentó contarme cómo sobrevive. Después de una pausa se compara con el escritor alemán y dice: " igual que Herman Hesse, la vida, a pesar del aparente absurdo, tiene un sentido".


"Lo oigo siempre que estoy realmente lúcido y despierto, para algo Dios me ha puesto en este lugar de la Creación, con obstáculos, amores, muertes y destino".


Después de sus palabras supe que es mentira que no somos nada. Si así fuera la muerte terminaría con los hombres y no quedarían rastros. No creo en la insignificancia. El mundo es distinto con o sin cada hombre. El pasar por esta Tierra, quiere decir algo, el desaparecer, también. No hay moldes para Hombre. Esa existencia única e irrepetible es la razón que me lleva a contar la historia simplemente de un Hombre.




1




Varón dijo la partera, mirándole los genitales de cerca para reconfirmar lo que ya había descubierto previamente.

El parto fue casero. El venía empujando, como impaciente por ver más allá del útero de su madre. Fue tan rápido que la partera tuvo que venir a domicilio. Era una partera tipo comadre como se llamaban antes, que no sólo ayudaba a dar a luz sino que también practicaba otros servicios y tenía varias habilidades.
Por eso más de una vez, le estiraban las manos y ella anunciaba el futuro.
Me cuesta creer que crean en esa locura sin la mínima noción de que la verdad podría ser francamente insoportable, que nublaría hasta el propio presente. A propósito... qué creen que hubiese hecho Rafael si hubiese sabido de antemano lo que le iba a pasar?

La parturienta se recostó en la cama grande con tranquilidad y en penumbras. Calentaron agua y algunas vecinas buscaron trapos, alcohol y desinfectante, pero fue tan rápido todo que antes que llegaran ya Rafael estaba afuera lleno de sangre y sonrisas.


Se iba a llamar Rafael para poder decirle Rafa, como a su abuelo. Tenía el pelo renegrido y la estructura grande. Nació grande. Pesó tres ochocientos. Fue fuerte y grande.


La casa adquirió de golpe un espíritu infantil. Se había desestructurado la vida esquemática y organizada. Antigua, si se quiere.

El jardín se llenó de fresias y el tendal dejó su apariencia adulta para llenarse de baberos y pañales. Esa cosita minúscula se convirtió en el nuevo referí de la familia. Desde el moisés imponía las nuevas reglas y los nuevos horarios. Estallaba su garganta en medio de la noche, y se reía cuando conseguía apoderarse de la teta nocturna.
Ahora la habitación contigua estaría permanentemente ocupada. Tendría más luz, se vería más simpática con cortinados nuevos y veladores de colores. Y esa alegría se transportaría a todas las dependencias de la casa.

No le había dado tampoco tiempo a su padre a llegar así que lo fueron a buscar a la estancia después del nacimiento. Cuando vio la tierra de un vehículo llegando a la tranquera se lo imaginó, Desensilló enseguida, soltó el caballo, llenó los bebederos y ató el perro. Después dio un vistazo general para saber si estaba todo como debía y enfiló por el corredor de la casa grande para el baño. Se sacó la boina vasca y se pasó el peine mojado para emprolijar.


En una hora estuvo en el pueblo. Entró despacio y se sacó la gorra en señal de educación. Se acercó al moisés. Lo miró un rato. La presentación fue a solas. De hombre a hombre. Después de un rato y con movimientos desacostumbrados lo agarró entre sus manos enormes y curtidas y se lo echó al hombro.


Su esposa desde el umbral de la puerta los miró feliz. Por primera vez estaban los tres.


Contemplaron un rato al niño; Don Esteban no demoró en llevarlo a su sillón de pana verde. Sillón unipersonal e histórico, de tipo presidencial pero ya deteriorado por los años, hundido y sin color. Lo había comprado su padre su padre en un remate comercial de los Pereyra Iraola hace más de 40 años y ese era el lugar de todas sus terapias.



Era su bálsamo, su contención. Y era el momento de hacer planes. La familia había cambiado, ya eran dos padres realmente grandes y ahora la cosa era de a tres.


Lo miró de nuevo y lo besó en la frente. Riendo le dijo: -no te tengo miedo pequeño- y su mujer retrucó riendo -deberías Rafael, deberías-.


Con el paso de los días, Marta no mejoró. Le diagnosticaron una infección pos parto que se delataba rápidamente por su color. Hubo que atenderla de urgencia y el parte del médico fue totalmente desalentador.


Para Don Esteban la noticia fue un balde de agua fría. Rafael era un hijo de la vejez, su mujer tenía 39 y él 48 y además su vida era el trabajo, sin el cual difícilmente pudiesen sobrevivir. A tal punto que los fantasmas de la muerte lo aterraron y hasta pensó en regalarlo si su esposa moría e irse bien lejos para no tener contacto con él. Pero no era una decisión fácil de tomar. No quería ser un irresponsable ni un cobarde, pero tampoco podía llevar una criatura a rodar por el mundo con el crudo invierno y las heladas del campo.


Con esa soledad y esa poca maña se sintió totalmente acorralado... pero tener un hijo huérfano con padre? eso tampoco era para hombres de bien, si no para desalmados.


Pasó la noche amoldado a su sillón verde buscando respuestas, amoldado a su sillón de cara al naranjo, de cara a la muerte, que amenazaba.

El era un hombre sensato, derecho, pero sobre todo trabajador, al que hasta ahora no lo asustaba nada, pero con su mujer enferma los nuevos pañales lo desorientaron.

Esos eran días muy difíciles. Más de una vez la otra mañana lo encontraba desparramado entre el caballo y las botellas vacías. El venía del campo cada 2 o 3 días. Cada visita era un nuevo martirio porque Marta, lejos de estar mejor, empeoraba. La idea de abandonar el bebé lo atormentaba más.


Solamente el rancho y los molinos sabrán todo lo que pasó por su mente en aquellos días. El no actúa ni grita ni confunde. Calla. Siempre calla. Vive del silencio y piensa antes de hablar. Quiere poco pero cuando quiere, quiere en serio. Nunca lo ves abatido. O sí.


Fue un tiempo eterno, difícil. Días eternos con gente alrededor de la cama en una especie de velorio viviente. Pero los milagros existen. Después de los treinta días empezó a mejorar. De a poco se fue normalizando, y la muerte se tomó licencia.






2




La infancia de Rafa fue rústica, de barrio. Con un paisaje simple donde la geometría de las casas blancas se escabullía entre los árboles y la polvareda del viejo tren les pasaba todas las mañanas por las narices y hacía crujir los hierros sin aceitar.


Tardes de alcantarillas, de vía y magia, magia especial que tienen los lugares de paso, con gente que va a cualquier lado.


Infancia de padre y madre, de vecindario, de monaguillo los domingos, de pelotas de trapo. Era tremendo y creativo y según su tía Isabel : terrible.

Una vez con Pepe, su amigo, viendo que la gente cruzaba el terreno en diagonal para ahorrar camino pusieron hilos atados de los árboles a un metro del piso. Se tiraron a la zanja a ver que pasaba para comprobar felizmente que Antonio, un viejo panadero de la cuadra, de lo llevó puesto con la bicicleta. El hilo grueso a la altura del pecho provocó un desastre y Antonio salió despedido y cayó de espaldas con un estruendo que los hizo reír a carcajadas.

El hombre tardó en pararse pero cuando logró hacerlo comenzó a caminar de frente hacia los niños y el terror se apoderó de ellos. - Levántense mocosos del diablo - les dijo-.

Rafa se tapó la cara con las dos manos para evitar el cachetazo que nunca llegó. El cachetazo fueron las palabras que el hombre pronunció: - Voy a hablar con tu padre, Rafaelito-.

El mundo le quedó en los pies. Ese era el peor castigo que podía elegir. Nunca le había pasado antes algo así.

Rafa sólo hizo silencio y rodaron por sus cachetes dos lágrimas enormes de compasión por el hecho y por sí mismo. A su padre no le gustaban "reos", lo decía casi siempre. Y para agradarle siempre usaba un buen vocabulario, era limpio y prolijo, sereno y educado.

La amenaza lo dejó muy preocupado. Su padre era muy importante para él. Era su núcleo, su referencia. Era todo.

Lo mejor que se le ocurrió hacer fue escribir una carta para pedir disculpas :

Senior Antoño:

Mi papá no está bien y no puede resibir notisias feas, por fabor, sea bueno y no le diga ,
perdone, nunca más le va  a pasar nada. Se lo juro. Rafaelito.





3





Era mitad de año. Uno de esos días en que Esther, la maestra de cuarto grado podía mantenerlo sentado y quieto en la biblioteca. Rafa estaba en un rincón con la lapicera detrás de la oreja y la nariz metida en el libro como si la lectura entrara por el olfato.


A la maestra le dio curiosidad tanto interés y le preguntó: -Qué leés mi amor?

Rafa agarró el libro del piso y marcando la hoja exacta con el dedo lo cerró un poco para levantarlo y mostrarle la tapa.

Cuando su maestra vio la tapa le sugirió dejarlo. -No vas a entender, -le dijo-.

Rafa esta vez no hizo caso, era demasiado apasionante aunque efectivamente no entendió, pero lo que no pudo entender lo retuvo, lo memorizó y aún hoy lo lleva impreso en su memoria.

García Márquez en uno de sus párrafos decía:


Desperté turbado por un mal sueño y tomé conciencia de que la muerte no era solo una probabilidad permanente, sino una realidad inmediata.


El tema de la muerte lo apasionaba. Siempre jugaba a los muertos. Lo sorprendía cómo podía detenerse todo en un segundo y quedarse estático y perder la respiración e irse a otro mundo. Al revés que todos los chicos él era un aficionado a la muerte.



Cuando su madre lo llamaba para bañarse, el se hacía el muerto en el patio.


-Vamos - decía su mamá - sos como un bicho moro, no te hagas, me vas a hacer infartar.

Y se quedaba sin pestañear hasta que las cosquillas de su madre lo sacaban de escena.

A Rosa su vecina, con la que compartían patio trasero, también se lo hacía. Y ella era tan excesivamente buena que a veces se apenaba por esas bromas pesadas le generaban gran preocupación.
 





4




Los años pasaron demasiado rápido. Terminaba la primaria y la verdad Rafa no quería dejar ni seguir estudiando. Una verdadera encrucijada. No quería dejar porque al no tener hermanos, sus vínculos eran sus compañeros. En su casa solamente estaba su mamá y eso lo aburría. Y quería dejar porque el estudio lo agobiaba.

Finalmente dejó. Pero aunque fue un dolor muy grande a la medida de su edad, tuvo que claudicar y despedir abruptamente esa niñez que lo caracterizaba.
Sus padres estaban mayores, hacía falta el peso y había que esforzarse.
De un día para otro le dieron el título de hombre y tuvo que andar por el mundo aprendiendo sin saber cómo.
Estuvo muy caído por ese tema, cambió sus rutinas, dejó de salir, hablar, comer.
Don Esteban intentó motivarlo pero Rafa era consciente de que sus doce años eran sesenta de su padre. Entonces no quiso estar otros cinco años en la escuela de brazos cruzados.

Su padre lo cruzó fuerte por eso pero perdió la batalla.


Rafa no sabía hacer trabajos de campo. Tampoco le interesaban. Apareció la farmacia, lo de Gouland. Una esquina muy tradicional de Guido. La más antigua y la más importante. Una recopilación de lo que es en sí mismo el pueblo. Una especie de esquina-Museo.

Pintada de rosa, que funciona al público desde el siglo XIX, con grandes ventanales, estilo colonial, un gran portón de madera pesada y un olor muy especial a productos químicos y resina. Un lugar histórico por el que todos pasaron. Rafa más.

Allí comenzó a trabajar como cadete, Y se quedó. Estuvo a gusto y se sintió útil. Hizo mucho trayecto y aprendió. Preparaba productos de todo tipo. Boga le enseño todos los secretos de la química. Supo de todo. Hizo de todo. Y también de hijo.


Las tres hermanas Gouland eran tres mujeres grandes y solas. Tres nuevas madres para él. Eran tres mujeres espiritualmente ricas y económicamente pudientes, una mezcla escasa en cualquier contexto de la historia.


Necesitaban un cadete y se quedó. Ellas tenían un gran sentido del humor, cierta forma geométrica y también un poco de simetría para moverse y para vivir. Las tres eran sumamente religiosas, creyentes. Pasaban muchas horas en la Iglesia, en las guarderías, en el hospital y el geriátrico visitando enfermos. También a Marta.


Sencillas, conocidas, reconocidas y queridas. Todo eso eran. Ese era el nuevo mundo laboral de Rafa. Y es cierto que las cosas que se hacen con amor salen mejor. Ellas hacían todos y cada uno de sus días con amor y por eso eran felices  y contagiaban felicidad.


Teter tenía el pelo amarronado, castaño y las caderas anchas. Era la mejor mano en la cocina  y la que preparaba mermeladas, conservas y postres, secaba al sol las cáscaras de naranja y las semillas de calabaza. A todo le encontraba buen uso y terminaba en alguna exquisitez.

Lola era la más callejera. Dirigía las compras y pasaba bastante tiempo en la farmacia. Inquieta y creativa. Siempre lo miraba a Rafa por arriba de los anteojos sugiriendo planes e ideas. Tenía un baúl lleno de revistas y libros de catecismo porque daba clases para preparar la primera Comunión.
Susan, la más ordenada. Responsable de las relaciones sociales, los adornos, las plantas, el patio y los sobrinos.
Las tres usaban polleras lisas a la rodilla y cierta renguera las caracterizaba. Con lo cual es bastante gracioso recordarlas caminar por la vainilla ( así se le dice a las baldosas de pueblo) de su cuadra.

Cómo no querer a Rafa en ese contexto. Cómo no adoptarlo, meterlo bajo el ala, enseñarle, apañarlo. Lo vieron crecer, aprender un oficio, ponerse de novio casarse, tener hijos y fueron también abuelas de sus hijos.


Todo lo hacían de a tres por eso con ellas todo era mucho, se multiplicaba, se sentía realmente, lo hacían como un dominó.


Eran una familia especial. Vaya a saber Dios por qué el destino aún las mantenía juntas y no habían decidido casarse y armar sus propias historias. Eso no se sabía. No se supo nunca. Siempre fue una incógnita esa vida triangular pero a ciencia cierta no había ningún misterio.


Y siempre el humor lo suavizaba todo. Al llegar a los 60, Teter se fue a pasar un tiempo al departamento de Capital Federal en pleno Santa Fe y Callao, para los que conocen es pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Esa nueva vida urbana no le sentó bien a su perro Abelardo que se entristeció hasta enfermarse y requirió un veterinario de urgencia. En las páginas amarillas encontró rápidamente uno alfabéticamente y lo citó a domicilio. Le dio antibióticos y le aseguró que estaría bien. Al día siguiente murió por neumonía.

Volvió a tomar el teléfono. Hizo tres llamados, primero a Rafa para ponerlo en tema. Dos, para darles la desgraciada noticia a sus hermanas. Tres: al cementerio de perros. Con la voz quebrada pidió un lugar para el sepelio y una santa sepultura. Le colocó al cuello una cinta roja con la virgen de Luján, lo envolvió con una sábana blanca y buscó una gran caja de televisor para meterlo adentro. De otro modo nadie la trasladaría con un perro muerto.
Sola luchó con la caja, bajó los dos pisos por escalera y salió a la puerta. Extendió la mano para para un taxi doble cabina que tuviera espacio suficiente para ambos y le pidió al chofer que pusiera con cuidado ese bulto en el auto. Nunca le dijo que iban a un cementerio. Sólo nombró la dirección y el taxista no pareció notarlo.
El taxista guardó rápido la caja en el baúl que decía PHILCO con letras azules y se apuró a sentarse en el volante. Cuando Teter fue a subir, el conductor aceleró haciéndole perder el equilibrio y escapó a gran velocidad, convencido de llevarse un buen botín que todavía las Gouland hoy están llorando.

La televisión algunos días más tarde fue testigo del caso.




5





Rafa con el paso de los años fue mostrando cierta adicción al trabajo, como su padre. Al salir de la farmacia, hacía algunos arreglos de relojería. Era un ingreso más. También en los clubes los fines de semana solía hacer de cantinero y así duplicaba el ingreso para ayudar en su casa.

Mientras sus amigos salían a pernoctar, Rafa se quedaba toda la noche detrás de una barra despachando vino y prestándole el oído a algún parroquiano que tienen como única compañía el vaso.


Matear juntos, en la mañana de pueblo, cuando la casa comienza a entibiarse y humea la vieja estufa a kerosén. El vapor de la pava empaña los vidrios y eso le da más calidez todavía a la charla.

Tarde o temprano las mujeres entraban en la agenda.
Ese día Rafa le hizo recordar cuánto le gustaba esa morocha que le había marcado. La tenía en la mente ya desde hacía tiempo y estaba llegando a pensar que tenía que hacer algo.
-Cuál -preguntó Pocho para obtener detalles -
-La de ojos verdes y tez blanca, Carmen, che-
-Y qué te pasa con ella huevón?- insistió Pocho -
-Pasa que me gusta. Me gusta en serio. Esta vez me tiro a la pileta. Porque yo soy bastante pelo...pero esta vez me tiro. - Qué pierdo? - preguntó Rafa-.
-Yo con tu pinta no dejaría títere con cabeza. Querete, cuidate, creetela un poco. Tenés todo para ganar - lo alentó Pocho -.

Eso era todo lo que necesitaba. Porque tal como lo había planeado sucedió.




6





Se pusieron de novio. Fue un día soleado. Ella llevaba el pelo prolijamente peinado y recogido con un sujetador, la boca con sonrisa levantada, el cuerpo armonioso y sereno, la sencillez detrás de los ojos y por donde se la mire como una copa de cristal.


Era tremendamente hermosa. A Rafa el acné le aumentó un dos mil por ciento, y le brotó en la cara también un almácigo de felicidad. Con ella la vida ya no era tan quieta ni tan lineal. Ahora las manos le sudaban hasta deshidratarse cuando la esperaba y el corazón le latía sin pausa y todos los órganos en sinfonía.


La invitó a salir. Tardó en creerlo pero fue cierto. Aceptó el primer día la cita para esa misma tarde.

Rafa la pasó a buscar con la camisa más linda que tenía, el pelo engominado, el pantalón con raya, perfume y documento.
Tocó el timbre y como un cobarde se escondió en la esquina para que no los vieran los padres y agazapado la espero ahí.
La vio venir con su pollera corta y supo que venía para siempre. Dieron una vuelta a la plaza y luego al cine, Rafa compró pochoclos para los dos, de modo de calmar la ansiedad, hacer algo y encontrar un tema de conversación.
Se sentaron atrás como buenos debutantes, por si surgía el beso o poder tocarle aunque sea las piernas.
Conociendo un poco su apellido y e imaginando a su familia, trataba de imaginarse quien era ella, qué gustos tenía, que podía regalarle...
Se enamoraron. Fue el primer amor. El más puro y único. Un amor sin especulaciones, un verdadero amor.
Ella tampoco tenía hermanos, así que se acompañaban mucho y compartían todo. Sólo una vez pelearon y fue un abismo para Rafa. El mundo se le terminó. Le agarró la mano, la besó. Se quedó mudo, dijo disparates... desde que ella lo dejó su dirección se ha vuelto como un imán desesperado y necesita pasar por allí, saber que está ...verla.

El domingo pasado lo encontró la mañana tirado en su vereda por la borrachera, lo despertó el sol en la cara después de una víspera sin ella. Y estuvo tieso, helado, y no comió ni durmió hasta que tuvo nuevamente a Carmen. Creo que sin ella realmente enloquecería.


Felizmente no duró demasiado la ofensa y ella lo llamó para que se vieran. Rafa supuso que se iban a arreglar y le dio rabia mostrarle su flojera, pero después de haber sufrido tanto, no tendría y no tuvo huevos, para decirle NO.


Fue a buscarla. Estaba más linda que nunca y directamente lo besó en la boca. En es momento Rafa ya supo que todo estaba intacto. Había piel, energía, amor.

Terminaron en la cama. A media noche ella lo despertó con un beso y le ofreció algo para tomar. Fue a la heladera buscó un refresco y volvió a la cama. El , nada.
-Rafa no te hagas, ya sos grande, tonto -lo increpó Carmen-.
Rafael ni respiraba. Le hizo cosquillas. Se contuvo. Cuando la notó ya enojada abrió los ojos y se sentó en la cama de un salto. -No te te puedo hacer un chiste, nena!- bromeó Rafa -
-No se te ocurre algo mejor? -cuestionó Carmen-
-Sí, se me ocurre algo mucho mejor - contestó Rafa recordando que habían estado peleados y que no quería volver para nada a pasar por esa situación- y comenzó a revolverle el pelo y haciéndole perder el equilibrio la tiró a la cama y empezaron a besarse de nuevo.

Hablaron. Se adelantó el tema del casamiento, los preparativos. Luego Rafa se fumó un cigarrillo tranquilo y se durmieron enredados.





7




En un par de horas el despertador sonó hasta los huesos. Rápidamente ordenaron todo  y en media hora Rafa estaba acostándose en su casa vestido porque en tres horas ya tenía que ir a trabajar.


En ese interín, llegó Lulo, un vecino de la estancia a avisar que su padre había tenido un problema. Era 28 de mayo, Le diagnosticaron un espasmo cerebral.

Lo vio el doctor y sin dar muchas vueltas nos anticipó que no iba a quedar bien. Le había afectado el habla y también algún centro motor porque no podía mover las manos.
Fue un golpe muy duro, de pronto la autoridad, su referente, el hombre fuerte de la casa cambia su rol y todo cambia.
Estar quieto lo hizo empeorar y se sumaron las rabietas y una gran tristeza al verse sentado todo el día sin poder hacerse entender. Envejeció de golpe. Sufrió.

Días enteros en la cama, o arrastrándose con mucho esfuerzo hasta anclarse en el viejo sillón verde, donde podía echarse para atrás y amoldarse al conocido hueco de su traste, al conocido hueco de su pensamiento. Allí podía tomar algo tranquilo y mirar el naranjo por la ventana, podía por fin recordar, repasar la vida.


Rafa trataba de que no sintiera que le tenían lástima así que más de una vez le devolvía un insulto cuando su padre le quería hablar y él no entendía nada.


Don Esteban levantaba con esfuerzo sólo  el dedo mayor para devolverle la gentileza a su respuesta y allí llegaba la carcajada de Rafa:

-Qué querés viejo, si no sabés hablar? - y una palmada en la espalda lo hacía todo más ameno.

Su padre ahora era el nuevo niño lo que lo complicaba todo: por ejemplo: ahora  él era el grande. Y el hijo único es un puente entre los padres y su ego se va agigantando porque es el motivo de su trabajo, de su alegría, de todo. Pero los hijos únicos por serlo todo también a veces necesitan salir a tomar un poco de aire porque se siente asfixiado entre ambos.


Rafa con cierta vergüenza, tuvo que pedir un aumento en la farmacia para poder mantenerse. No quería que faltase nada y menos que su padre sintiese alguna culpa.

Estiró sus horarios, buscó otros curros y comenzó a llegar bien tarde.

La siesta hacía que por la noche Don Esteban estuviese todavía desvelado y más de una vez estaba pasado de copas a la medianoche. Rafa trataba de compartir una charla y de acompañarlo con una o dos copas porque el mismo médico le había sugerido : "Dale a tu papá lo que quiera porque es lo último".


Alrededor de las siete, el sábado, golpearon la puerta y entraron orquestadas, así como eran ellas. Eran las Gouland que conociendo la situación, se adelantaron.

Las tres lo rodearon y Don Esteban con una sonrisa melancólica y bien educada bajó la cabeza en señal de cortesía.
Ellas se sentaron en ronda, sabían perfectamente cómo manejar estas situaciones. Lola recurrió al humor para salir del paso y recurrió a anécdotas de la juventud.
Don Esteban se rió mucho con ellas y se sintió reconfortado -les agradezco de corazón- dijo en un susurro y estoy feliz de que Rafa las haya encontrado-.

Se abrió la puerta y el cuadro hizo sonreír al más joven de la familia que llegaba agotado.

-Qué hace el viejo Vizcacha rodeado de mujeres - les preguntó interrumpiendo la charla que en ese momento aludía al capítulo metafísico a la relación triangular del sillón, la ventana y el naranjo.

-Se los encargo-  dijo Rafa y se despidió de todos con un beso para irse a su habitación- sabiendo ya que pensaban sacarlo a dar un paseo.


-Antes querés echarle...querés rociarlo? le preguntó al oído, sugiriéndole que podía aceptar un vino si así quisiera.

-Luego -contestó- así me chupo y duermo fenómeno.

Los ojos se ponían brillosos de alcohol y lágrimas . Esos ojos hablaban sin hablar. Decían cosas que su padre nunca había querido decir.

Entre tanta tristeza a Rafa le encantaba leerlos. Le hablaban de sus buenos sentimientos, de su sensibilidad, era la posibilidad de reivindicarlo, de tenerlo cerca y que todavía no sea demasiado tarde.



8





Con los días y la práctica volvió a caminar. A tientas pero lo logró. No sé si fue bueno. Un sábado salió pero no volvió a las seis como de costumbre.


Carmen estaba esperando en el umbral de la puerta también su llegada. Comenzaron a buscarlo los vecinos, también la policía. Lo encontraron recostado en un pajonal con una botella entre las piernas y totalmente borracho.


En el hospital no pudieron hacer mucho, y lo devolvieron a la casa. La vuelta, la borrachera, el sillón, la ventana, la cama. Sin poder siquiera doblar las rodillas, dio media vuelta y se les tiró de traste.


-Ahora sí la próxima no erramos - aseguró golpeando el revés de una mano contra la otra queriendo decir que se iba a tumbar.

No se asustaron demasiado. Los que avisan nunca lo hacen.

Rafa quedó apesadumbrado, era mochilas muy grandes para su edad. Se lo comentó a Boga.

-Tanquilo Rafaelito, el viejo es pura espuma, entendelo - le dijo el farmaceútico y siguió con su recetario-.

Todo fue cronológico. Entraron dos clientes, sonaron las campanas de la iglesia y sintió el tren. Lo intuyó. Se quedó duro. Los rieles helados le corrieron por sus venas y apretó un frasco de vidrio ´con voracidad. Sintió impotencia y lo dejó caer como también cayó la vida de su padre.


Enseguida el teléfono. La madre del otro lado del tubo dijo: - es papá- y cortó.


Rafa salió como loco en un auto prestado. Pasó todos los semáforos en rojo, no recuerda cómo hizo el trayecto. Ese túnel negro que lo llevaba a otro peor.


El recorrido de la vida con su padre pasaba como una película durante el viaje desesperado por verlo por última vez. Se le cruzaban las imágenes sin identificarlas con claridad pero las encontraba frescas, genuinas, y se preguntó por qué, por qué Dios le avisó que su padre se estaba yendo y no le permitió impedírselo.


Llegó al Ferrocarril. Todo vallado. No lo dejaron pasar.

- No lo puede ver - dijo un oficial suponiendo que ya Rafael tenía la confirmación-
-Cómo no lo voy a poder ver? -cuestionó Rafael empujando al oficial de azul y saltando las maderas que se interponían entre él y su padre-

Lo vio hecho pedazos y ya no quiso haberlo visto. Ensangrentado, desarmado, ese pedazo de carne todavía humeante era su pobre padre que no encontró una salida mejor, que no pudo amarme lo suficiente para salvarse, que no pudo morir como vivió: dignamente.


Se sintió mareado. La policía lo sostuvo.

- Se lo advertí señor - dijo sacándolo del brazo y lamentando la insolencia opacada ahora por el dolor de un hijo frente a un padre.

Rafa que sólo había jugado a la muerte ( que por cierto nunca más lo hará) se dio cuenta de que ella estaba por primera vez ahí acechándolo, mirándolo a la cara, burlándose, tan fuerte y dolorosa que desarma.


Fue un golpe letal. Tuvo todo el día la muerte en la garganta y no podía sacársela. Sentía que la iba a llevar toda la vida ahí, sin poder escupirla, como un permanente ahogo.


Todos se ocuparon de desenredar el nudo de su culpa. Pero no alcanzaba y al mismo tiempo lo entendía y hasta lo justificaba. Sabía que en esa situación, probablemente él haría algo parecido.


Pero las contradicciones en estos casos siempre están a la orden del día: como hijo también pensaba que si lo hubiese amado lo suficiente, por él, se hubiese quedado.


Con los años fue aprendiendo que a veces por amor también se deja.


Igual es demasiado fuerte el golpe para encontrarle un argumento, una explicación. A veces está dando una explicación que nunca pudo darse. Habla de la muerte como si la  asumiera, pero cuando está solo mano a mano con su almohada, no la entiende, nunca la asumió ni la soporta. Es un debutante de la muerte.


La vuelta a casa desoladora. El sillón vacío, la ventana, el naranjo sin espectador. La orfandad. Y la vida que sigue sin prisa y sin pausa y vos estás quieto, frenado en ese momento y no te explicás cómo poder hacer para volver a andar.


Como todo el mundo con los días volvió. A hablar con su madre, a la farmacia, reapareció, esperó la palmada de Boga, que como siempre, contenedora, llegó. Las Gouland que orarían y harían todo lo humanamente posible y más por aliviarle ese dolor, y su gente querida, un puñado, la de siempre.


Igual no reparó demasiado en los saludos, las atenciones. Sí la de Carmen. Le pareció atinado mandar discretamente un ramo con una tarjeta, saludándolo a él y a su madre.




9




Carmen tenía 23 y Rafael 26. No fue fácil pero es verdad que el amor todo lo puede.

Las rosas rojas de la plaza en expansión. La Iglesia espléndida. Ella también. Todo perfectamente organizado. Estilo Carmen.
Rafa la esperaba en el altar, erguido, sonriente, como quien espera un ángel del cual tomarse de la mano y dejarse llevar.
El traje azul de refinadas terminaciones, la camisa blanca y la corbata roja bien ceñida al cuello le paralizaban la yugular que le latía doblemente por la emoción y los nervios.
Zapatos negros de puntera refinada, que hacían de mecedora de un cuerpo que por el momento no podía estar quieto ni encontrar el equilibrio.
La vio venir con con su vestido blanco tallado a su figura. Sencillo, armonioso. A paso firme, segura, la vio venir hacia él para toda la vida y se quebró. Todo estaba muy a flor de piel y era emocionante sellar frente a Dios un amor para siempre.

El ramo de flores en la mano y el pelo negro recogido. La sonrisa descomunal de Carmen y la mirada fresca y limpia, cómplice de Rafa, de un proyecto de una vida juntos en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe.


Las palabras del sacerdote fueron a medida y consintieron cada uno de los mandatos con formalidad pero con la honda convicción de un amor profundo, creciente, superador y sobre todo, sano.


Después de la celebración, la fiesta fue bastante íntima. Estaban las chicas de Gouland, las tías, Rosita, su esposo, los amigos de siempre y no más.



Volvieron a vivir a lo de Rafa. Terminó de madrugada y llegaron a tiempo de ver de nuevo los regalos, las tarjetas y los telegramas.


Rafa no pudo evitar pasar por el sillón verde y desde allí observó feliz toda la artillería nueva para el hogar, y todos los sueños puestos en el oficio de ser verdaderamente marido y mujer.


En muy pocos días volvieron al trabajo. Rafa a la farmacia, Carmen a la oficina.

A pesar de trabajar los dos, el ahorro se hizo difícil pero de a poco lograron comprarse el auto, progresar. No salirse del esquema fue la fórmula que les resultó más fácil porque Carmen era bien estructurada y Rafael, tal vez por la edad de sus padres, también.
Todo estaba en armonía y esa rutina funcionaba como una autopista por la que ambos podían transitar sin entorpecerse. Casi después de cinco años, cuando sintieron que estaban preparados, encargaron a Juan.

El primer hijo para Rafa fue un gran signo de pregunta que le hizo recorrer todo su pasado, todo su futuro. Tenía una energía que nunca habría imaginado, y luchó día a día para que todo marche bien.

Su matrimonio se fortificó con eso. Carmen no tuvo absolutamente ningún problema. Parto normal, pos parto mejor. Rafael no se sintió abandonado ni desplazado.Era verdadera felicidad.

La vida siguió siendo llevadera sin salir demasiado de su rutina, por eso al tiempo, encargaron a Tomi.

Otro varón. Los varones les encantan. Ya eran una familia tipo y decidieron parar.
La familia  se estaba construyendo tal como la soñaron. Los chicos eran sanos, educados y alegres.
Con Carmen era fácil entenderse y todo estaba claro de antemano. Cuando ella volvía de la oficina rápidamente organizaba la casa, la comida y los niños.

Pasaban el día con la abuela Marta pero ella se encargaba absolutamente de tomar todas las decisiones y hacer que se cumplan. La abuela se acostaba temprano, entre otras cosas para darles vía libre a los cuatro y que pudieran debatir en familia.


Los niños eran idénticos en su aspecto físico pero no en su personalidad: los dos tenían el pelo lacio y rubio cortado con forma de taza y un gran remolino cerca de la frente. Juan tenía un poco más pecosa la cara pero después los ojos marrones casi verdosos, las cejas bien marcadas, el gesto amable y desinteresado, la expresión de alegría, los domingos siete que tenían a menudo, eran casi iguales.

Tomás era más impulsivo y directo, menos charlatán y más independiente.


Comenzaron a construir una casa más grande. Ese era el nuevo blanco. Fueron a visitarla con Rosita. Estaba muy avanzada. Limpiaron obsesivas toda la obra en construcción como si no volviera a ensuciarse y luego compraron entradas para llevar al circo a los pequeños enanos.


El tiempo alcanzó para todo y cuando llegó Rafa ya estaban metidos en la  cama mirando la tele. Les besó la frente a los dos y ellos le metieron las manos al bolsillo para comprobar que había caramelos.

Rafael se sentó un momento con Carmen en la cocina para descansar y fumarse un cigarrillo.

-Car, no me servís un poco de soda? - sugirió Rafael señalando la heladera como si él no tuviera fuerzas ni para pararse-

- Si mi amor pero no querés mejor un poco de cerveza ?
-Me dará todavía más sueño! - exclamó Rafa-
-No veo cuál sea el problema a eso -respondió Carmen sentándose en su falta y revolviéndole el pelo.
Enseguida los pequeños que escucharon el diálogo se treparon por las piernas de Rafa hasta hacer una pirámide humana y acercarse al oído para decirle "viejo".
Todos soltaron la risotada  y formaron una gran albóndiga familiar de abrazos y besos.



10







Aquella mañana Rafa estaba en la farmacia como habitualmente. Los chicos todavía dormían, tenía colegio de tarde.
Carmen llegó al trabajo una hora anticipada, porque la noche anterior los chicos se habían dormido tarde y ella no había alcanzado a terminar los informes contables.
Su jefe la citó en el despacho, pero no para reprenderla, todo lo contrario. Charlaron durante diez minutos y después Carmen abandonó el despacho con un suspiro.

- Me acaban de aumentar una hora de trabajo. Dice que me necesitan, que no damos abasto...  repitió Carmen en tono burlón. Modificar una hora era modificarlo todo, porque todo estaba perfecta y armoniosamente organizado. Pero no había mucho por hacer ni discutir. El jefe manda.


Se lo transmitió a Rafa y él, por supuesto, lo minimizó. Tantas veces le había pasado lo mismo, que lejos de preocuparse se sintió comprendido, identificado.

-Y además con aumento de sueldo - preguntó su marido-.
-Un diez por ciento -respondió-
-Es perfecto- podrá avanzar más rápido nuestra casa, y mudarnos, y viajar... y por fin ya no estar tan apretados...

El razonamiento de Rafa la sedujo pero sólo en parte...- Porque hay otra cuenta que hacer -siguió-... ¿Cúanto vale una hora de mi vida. Cuánto vale una hora de cada día de todos los días de mi vida con mis hijos? En esa hora podía ir de compras, pasear con los niños, sembrar flores en el jardín o enamorarme (todavía más).

La cuestión es que mi cuerpo estará esclavo de la silla una hora más.... y me hace acordar mucho a Mario Benedetti, a su máquina de escribir, a su Tregua... Sueño con que me suceda lo mismo que a él. Aprovechar la rutina para hacer el trabajo mecanicamente y utilizar la mente en cosas más valiosas y dar rienda suelta a la imaginación para que en medio de la monotonía pueda crear obras maravillosas que trasciendan la vida.




11




Todavía la niebla no permitía ver bien de lejos. Rafa salió afuera para ver un precio de vidriera sobre la 9 de Julio y luego se quedó parado en la puerta un momento con las manos en los bolsillos para contemplar justamente esa rara mañana de otoño.

Hizo un paneo general con la mirada. Los rayos del sol se mostraban en caída libre sobre la plaza central tratando de dar luz al paisaje. La plaza San Martín que es verde a la mañana, se vuelve dorada al mediodía y ennegrece a la tarde hoy tenía un color opaco y uniforme donde nada ni nadie podía definitivamente distinguirse.
Rafa todavía parado en el escalón de entrada, trataba de descifrar los saludos de mano en algo.

El Banco Nación justo enfrente generaba movimiento desde muy temprano. En la otra esquina, casa Isla. A cien metros la iglesia catedral bien sofisticada, con su campanario de hierro, se levanta en el centro justo de la escena. Firme y erguida. Omnipotente. Todos están al alcance de la mano de Dios si es que Dios está en las Iglesias.


Estaba distraído cuando escuchó un grito que decía su nombre y al girar la cabeza vio que desde adentro le pedían con urgencia que se fuera hasta el escritorio de Carmen.

No alcanzó ni a preguntar el motivo pero el modo en el que lo desayunaron no parecía nada bueno. Pensó que les había pasado algo a los chicos. Salió como estaba. Eran sólo dos cuadras así que las hizo corriendo. Llegó agitado. Había mucha gente, mucha gente rodeando a Carmen, que estaba desmayada sobre su escritorio, inconsciente.

La ambulancia no tardó en llegar aunque para Rafa fueron mil años. En su desesperación no pudo ver siquiera quienes la rodeaban. Sólo la miró a ella, le desajustó la camisa y le recogió el pelo. Intentó llevarla por sus medios pero cuando se dio cuanta que la prohibición era enserio,  se pegó a ella y únicamente rezaba.


No fueron más de dos o tres minutos los que tardaron en venir a buscarla. Fueron minutos de desasosiego, de no entender nada. Médicos, enfermeros, camillas, cables, el doctor que lo miraba y no atinaba a decir palabra.


En un momento de lucidez avisó a la farmacia, las Gouland se pusieron en guardia. Rafael intentó familiarizarse con esos techos altos y esas paredes heladas, con los enfermos y las enfermeras, ponerse fuerte y hacerle frente al miedo. Por el momento lo único que podía hacer, era fumar.


En una banqueta al final del pasillo encontró su lugar. Huérfano, sin saber qué hacer, intuyendo la gravedad, imaginando el despertar o no de Carmen.


Le dieron cinco minutos para verla. Sin hacer el menor ruido se paró a los pies de la cama. Le acarició la punta de los pies y no se animó a avanzar más... parecía tan frágil... Se sentó en la cama del acompañante y la observó con ojos descreídos de lo que estaba viendo. En ese tiempo ella no había hecho más que forzar el pecho para su respiración que por supuesto, era asistida.


Pasaba el tiempo y los médicos no decían absolutamente nada. No podían decir nada aún.


Rafael pensó en los niños, en cómo transmitirles esta situación, pero pensó que era muy apresurado y sólo se limitó a llamar para que los mandasen al colegio normalmente . Pensó que si resultaba largo podría traerlos en los próximos días para que la vieran.



No sucedió.


Continuó la espera. Rafa entre café y café intentaba descansar de su estado de shock, y trataba de dominar sus nervios, de darse una respuesta....

Hacia las cuatro de la tarde el cuadro se hizo irreversible, lo llamaron los médicos y después de unas horas, acompañada solamente por la mano tiesa de Rafael, Carmen murió.

El mazazo helado de la muerte repetida lo tumbó en pleno día. Los olores a químicos, las sábanas inmóviles, los frascos, su cuerpo, la cara, su locura, todo gira en su cabeza y grita...  grita de dolor...

La viudez helada le corrió rápidamente por todo el cuerpo. El también empezó a morir un poco. La muerte insistía.

Se sintió profundamente solo, la noche lo invadió en pleno día y miró hacia la ventana buscando un rayo de luz en alguna parte, para poder andar a tientas, aunque sea y nuevamente por el camino de la muerte. Volvió a tumbarse sobre el cuerpo ya inerte de Carmen, de su mujer, de la que juró amar para siempre... y quiso no salir de ahí... quiso quedarse ... en ella sintió una paz total, la de siempre, la que ella toda la vida que estuvieron juntos supo darle.


¿Cómo podían pensar que saldría de allí a enfrentar una vida de nuevo? a decirles a Juan y a Santiago...a terminar la casa, el trabajo, los días.... qué sentido podía tener ya todo eso?



Tuvieron que separarlo los médicos. Arrancarlo. Y la congoja volvió a salir desde adentro otra vez y fue a desvanecerse en la boca y balbuceó y lloró sin más remedio, como un chico, abrazado al doctor.


Maldijo el aneurisma. Pensó dolorasamente en los niños. Pensó en volver a su casa sin ella...

Los malditos trámites todavía lo distraían un poco de la realidad. La burocracia fúnebre en el primer momento evita lo peor. Estuvo ocupado en la papelería de la muerte. Perdiendo en eso el último tiempo que tenía para ella, eligiendo el cajón y esas cosas horribles que intentan hacértelas parecer buenas, cuando lo único que vos querés es sufrirla, estar a su lado hasta último momento, tratar de entender...

Se hizo una escapada hasta la casa de las tres hermanas y los encontró sentados a los dos junto al aljibe que tiene el caserón en el patio del medio.


Se acercó a ellos y se agachó a su altura. Creo que no hacía falta aclarar mucho. Los niños saben de antemano, escuchan, intuyen. Igual hay que sacarlo de adentro y es el momento. Les habló. Fue una conversación muy dura entre tres hombres que compartían juntos y por primera vez, el dolor más grande e inimaginable.


Se abrazaron con fuerza, les besó la frente, y les pidió mucha mucha fuerza sin quebrarse. Desde la puerta grande los miraba Lola, la más fuerte, sin poder creer tanto sufrimiento. Comenzó a tararear una canción y los dos pequeños corrieron  a pegarse a su falda. Rafael necesitaría más tiempo para ocuparse del velorio del entierro y de toda una historia nueva que ahora empezaba.


Les contó historias bíblicas noveladas y supo hacerles casi una leyenda complaciente de la muerte de su madre. Los dos rubios pecosos lloraron mientras ella los abrazaba pero como todo niño pudieron fantasear por el momento sin entender la eternidad.


Eran tan pequeños... Juan tenía 5 y Tomás, 3. Decidieron resguardarlos de los rituales de la muerte. Rafa los dejó para ir a enterrarla.


"Era un cuarto pequeño en la calle San Martín al 2000. El lugar estaba en penumbras y todas las diferencias quedaban sepultadas  por la luz amarilla que sólo alcanzaba para dibujar las siluetas. Olor a flores, llantos.


Casi sin poder respirar se movian a paso corto hacia el cajón. El tiempo era enorme. El tiempo que no tiene que ver con días ni con años. Es el tiempo interminable de cada catástrofe.


Dos o tres inician el rezo. Ese rezo que purifica al alma para siempre. A pesar de los mismos rasgos, y no es la misma. Parece notarse que el alma se ha desprendido del cuerpo. Su rostro aunque vacío de todo, refleja paz.


Su ceño rígido. Su pelo como nunca, despeinado. Sus pómulos fríos , consumados, Una encima de otra, descansan sus manos como en una plegaria. Sus labios mudos, queriendo decir alguna cosa. Su cuello, sus pies, todo, todo su cuerpo, en armonía. 


Se despidieron besándole le frente, tocándole los ojos y ella se despidió e silencio.

El cajón se cerró. Se multiplicaron los llantos. Depositaron el cajón en el coche y se perdieron como una mancha negra.
De ella ahora sólo hay una cruz y una plaqueta:

CARMEN ALVAREZ, tu esposo e hijos